Verás el sol

Texto: Rafael Ballesteros
Fotografía: David Crespo @davidcrespocam

La plazoleta empedrada que se cierra al lado derecho por la tapia alta encalada es pequeña y hay, a pocos metros de una iglesuca de torre mocha y de portón bajo, una construcción larga con una acera estrecha, puertas y ventanas alineadas a lo largo de la fachada y un techado bajo de teja murciana, matojos verdes nacientes aquí y allá.

Han bajado de la camioneta a «Reverte» y al «Seco» lo brazos atrás, esposados, con unas camisillas blancas pegadas al cuerpo, el viento frío dándoles de lleno. Una bombilla pálida, al final de un palo alto que está clavado en mitad de la plazuela es la única luz en la noche. 

Pegados a la tapia hay un grupo de soldados que se pierden en las sombras, fumando, con los fusiles en las manos, rameando sus cuerpos contra la cal.

Meten al «Seco» y a «Reverte» por una de las puertas que está entreabierta y de la que sale, hasta el borde de la acera, una luz tenue, amarillenta.

En la habitación, espaciosa, encalada de un verde pajizo, hay, en el centro una mesa amplia, al fondo una especie de platero vacío caído hacia el lado izquierdo y a la derecha, pegada a la pared, una hilera de sillas de madera gruesa. En la primera de ellas está sentado un teniente muy joven, el pelo mojado y echado hacia atrás, los ojos muy negros, la funda de cuero negro de la pistola y el correaje que le dobla el pecho, abrillantados, relucientes. Tiene un cigarrillo encendido entre los dedos de su mano derecha.

Los cuatro soldados que han traído a «Reverte» y al «Seco», al entrar en la habitación, se quedan dudando, allí, en la misma entrada, casi pegados unos contra otros; los dos esposados, los cuerpos derechos, tensos, tableteándoles todavía los dientes por el frío.

 El teniente se levanta muy despacio. 

Da una calada larga.

– Los sientan ahí, a un lado y a otro de la mesa.

– ¿Se les quita…? 

– No, no. Esposados. Esposados.

 El teniente se acerca a la puerta, mira al exterior, a la oscuridad y, al momento, se vuelve hacia los esposados:

– ¿Usted es al que dicen «Reverte»? 

«Reverte» hace un gesto con la cabeza.

– ¿Y usted el «Seco»? 

– Sí.

El teniente se pega a la pared y fuma lento mirándolos. Los cuatro soldados, se pegan a la izquierda, derechos, los fusiles junto a los costados, en silencio.

Se oye la voz del «Seco».

– ¿Cuándo…? 

– ¿Qué? 

– ¿Que cuándo? …

El teniente se quita el cigarrillo de la boca.

– Cuando claree.

Se ha oído, en la noche helada, el ruido sordo del motor de un coche que se ha parado junto a la puerta. Y al instante unas voces suaves, un cuchicheo pastoso, el trasiego de unos cuerpos en la oscuridad.

Poco después, unos golpes en la puerta. Inmediatamente entra un alférez muy joven, ojeroso, la cara afilada, el cabello caído sobre la frente.

– Que son los familiares, mi teniente.

El teniente ha tirado el cigarrillo al suelo y lo ha aplastado con la bota. Se centra el correaje por encima del pecho. Asienta bien las piernas separadas en el suelo.

– Sí. Un momento.

Se dirige a uno de los soldados.

– Venga. ¡Las esposas, quitadles las esposas! 

Y se vuelve al alférez.

– Les dices que pasen. Que pasen, pero tranquilas. Que pasen tranquilas.

Son dos mujeres. Una, de cuerpo pequeño, de unos cuarenta años, vestida de negro, el pelo corto, hasta el filo de los hombros, la boca abierta, respirando afanosa. La otra es una muchacha, alta, espigada, con un traje oscuro de florecillas blancas ajustado al cuerpo, una rebeca de botones grandes, negra, los ojos verdes claros hundidos, un pañuelillo blanco entre las manos. 

La mayor se acerca despacio a «Reverte» las manos adelantadas hacia él, respirando hondo. «Reverte» se levanta, se pone de puntillas con una sonrisa en los labios, adelanta también sus manos hacia ella y se abrazan fuerte, largo, las caras pegadas. Se oye la voz de «Reverte» junto al oído de su hermana.

– Ni una lágrima, ni una lágrima…

La separa de él, y la mira.

– ¿Los niños? …¿Los niños? 

– Creciendo…creciendo.

La separa más de sí, las manos todavía sobre los hombros:

– Cada día más. Cada día más te pareces a madre, cada día más.

– Y tú…Y tú…

– Y yo a papá, ¿no? 

La joven, el pañuelillo contra la boca, las lágrimas cayéndole cara abajo, derecha, detrás de ella, sin moverse.

La hermana se vuelve y la señala:

– Ha venido la sobrina…tu sobrina Isabel.

– ¿La hija, la hija de Juan? ¿Esta es Isabelita, la hija de Juan? 

La joven se adelanta y se abraza a él. Se vuelve a oír la voz de «Reverte» junto a su oído.

– Lágrimas, no. ¡Lágrimas, nunca! 

La separa de él.

– Si Juan… ¡Si Juan pudiera verte! ¡Una mujer! …¡Y tan guapa, tan guapa! 

– Ay, tío. ¡Ay, tío! 

– Lágrimas, no. ¡Lágrimas, nunca! 

Con un gesto, el teniente, que sigue apoyado en la pared fumando, manda a uno de los soldados que les acerque a las dos mujeres unas sillas.

Se sientan a un lado y a otro de «Reverte». Hay un silencio total. Por una de las ventanas, abierta, entra un airecillo frío. Algunos de los soldados se han sentado en el suelo. Otro ha cogido una silla y se ha sentado en un rincón. Sólo queda en pie uno de ellos, gordo, de ojos claros, que mira sin pestañear, el fusil en la mano, a «Reverte».

El «Seco» se ha levantado. Y se ha quedado absorto, mirando a la pared.

Se oye la voz de la hermana como en un murmullo:

– ¿Y ése? 

– ¿Ése? Ése… vendrá conmigo.

– ¿No tiene familia? 

El «Seco» ha levantado la cabeza y dice con una voz firme, mirando todavía al vacío.

– No. No viene.

La joven dice:

– ¿No viene? 

– No. No viene.

Se oye el roce de una cerilla. El teniente ha encendido otro cigarro.

«Reverte» saca del bolsillo de su camisa tabaco y un mechero. Se echa un cigarro a la boca despacio, y mira hacia el «Seco».

– ¿Tienes tabaco? 

– No. No tengo tabaco.

«Reverte» le da la cajetilla a su hermana.

– Toma, y le das a… ese hombre tabaco.

La mujer se acerca al «Seco» el paquete de tabaco en la mano, temblándole:

– ¿Cuántos años tiene usted? 

– ¿Qué importa? 

La mujer cuando está volviendo a su sitio, oye a su espalda una voz recia:

– Para cumplir treinta, señora.

Lejos, el ladrido de un perro y por la ventana abierta ha pasado una sombra mirando hacia dentro. La hebilla de un correaje ha brillado por un momento en la oscuridad.

El teniente se ha acercado a la ventana y ha hablado en un susurro con la sombra.

– Sí. Sí. Ya.

Y se ha vuelto hacia las dos mujeres. Tiene la voz ronca.

– Señoras…Se van a tener que ir ya.

En ese momento se levanta la chica joven y se acerca al teniente. Tiene la voz serena.

– Teniente…

– Dígame.

– Yo…Yo le voy a pedir una cosa.

– Dígame.

– Yo traigo aquí un anillo que quiero…

– Dígame. Dígame lo que quiere.

– Yo…Este anillo que quiero que se lo ponga él y, y… Luego, luego quisiera yo tenerlo para tenerlo…siempre.

El teniente la mira a los ojos.

– Si señorita, sí. Yo le traigo, le traigo luego… el anillo y se lo doy.

La joven se vuelve a «Reverte» que se ha levantado, el cuerpo erguido, le coge la mano y le pone un aro de oro en un dedo. 

La joven le besa la cara y le dice al oído:

– Yo lo voy a llevar siempre, siempre. Y mis hijos y los hijos de mis hijos. Siempre.

«Reverte» ha alzado la mano y acaricia la cara de la joven.

– Isabel, eso me gusta mucho. Me gusta mucho. Lo voy a tener presente desde ahora hasta…El final. Cada segundo que me quede. 

Y ahora mira a su hermana.

– Y tú, tú le dices a…Le dices a la gente que muero tranquilo y como, como muere un comunista.

 Ha mirado a los ojos al teniente.

 Se oye atrás la voz del «Seco».

– Diga usted, diga usted de mí a la gente que…

«Reverte» le interrumpe:

– Que muere como un hombre. Como mueren los hombres.

Los dos han caído como fardos y la tapia se ha llenado de sangre que resbala hacia el suelo, lenta.

El alferez se ha acercado a los dos cuerpos, ha sacado la pistola de su funda, la mano temblona, y la ha puesto a poco más de un palmo de la cabeza del «Seco» que ha caído tumbado sobre el lado izquierdo. Ha disparado. Y después se ha acercado al cuerpo de «Reverte» que tiene la cara hacia el cielo, los ojos vueltos, la boca abierta ensangrentada. Le ha apuntado a la frente. Se ha oído otro disparo.

En ese instante un camión que ha estado apostado bajo unas palmeras, allí, al lado, enciende las luces y se acerca despacio. Los soldados empiezan a amontonarse unos con otros para subir.

El teniente que ha salido de las sombras se acerca al cuerpo de «Reverte» que tiene su brazo derecho oculto, tras la espalda. Con un movimiento rápido, el teniente le da la vuelta al cadáver. Queda al aire el brazo y brilla el aro de oro de la mano. Al ir a sacarlo del dedo se oye un górgoro levísimo, de sangre y de ahogo, como muy lejano, allí, de aquella boca aplastada contra la tierra. El teniente saca el anillo, despacio, con su mano izquierda. Y luego, con la otra, desenfunda la pistola, la pone sobre la nuca de «Reverte» y aprieta el gatillo.

Cuando el teniente se acerca a la joven con el aro de oro cogido entre las yemas de dos dedos, el primer rayo de sol da contra las copas de aquellas encinas que en las sierras lejanas dibujan el horizonte.

*Texto de la novela «La muerte tiene la cara azul»
Libro III: Verás el sol de Rafael Ballesteros
Páginas 453 a 458. 
Editado por RD Editores en Abril de 2009. 
Este novela obtuvo el premio Andalucía de la Crítica 2010

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