Nosferatu: la forja de un nuevo lenguaje de terror

Por David Crespo

El toque mágico es la divinidad que otorga a algunas obras un don inmortal, y dota a estas de la facilidad de surgir y resurgir en cualquier tiempo. 

Quizás Murnau no sabía en ese momento que su película iba a ser tocada por la varita de la inmortalidad, lo que sí sabía era cómo trasladar magistralmente el terror a unos espectadores, por aquel entonces, totalmente desconocedores del lenguaje audiovisual y de lo que una película de ficción puede hacer sentir. 

Nosferatu es un excelente ejemplo para entender el expresionismo en el cine alemán de principios del siglo XX. Y la escasez de localizaciones, personajes y diálogos en la novela Drácula, de Bram Stoker, hizo que la adaptación libre al cine mudo fuera un proyecto viable y más que apetecible para dicho director. 

En el tratamiento de la película son destacables varias técnicas que facilitan la comprensión del espectador y su introducción en este ambiente lleno de horror y ponzoña de los montes Cárpatos. En este aspecto es destacable mencionar la labor de Fritz Arno Wagner, el exitoso director de fotografía de esta película, que también trabajó con Fritz Lang y otros grandes directores de la época. 

La problemática de la iluminación nocturna y las limitaciones propias de las cámaras de entonces hicieron que el filme se rodara enteramente con luz día. Murnau nos enseña la noche tintada de azul, los amaneceres y atardeceres en rojo y la luz día en amarillo, así como algunos interiores. Estos tintados cubrían completamente el fotograma y se hacían mediante procesos químicos, cambiando el tono original monocromático, una técnica mas económica que el pintado a mano por fotogramas. De esta forma, los tintados sitúan al espectador y transforman las carencias de la película. Estos tintados no solo se utilizaron para dar un color característico a lugares, también para expresar estados de ánimo en los personajes.

En un principio, la película mantiene el tintado en amarillo día para no distraernos de la trama inicial, hasta que el protagonista entra en los Cárpatos, momento que se torna abruptamente en azul noche. Esto provoca un efecto de choque en el espectador, cambiamos de lugar, color, y la inquietud empieza a asomar. 

Hutter el protagonista, pasa la noche en una posada situada en los montes Cárpatos. Murnau nos muestra una habitación vacía pero sabemos, sin duda, que es de noche por el tintado azul mientras la habitación permanece a oscuras. A continuación, entra en ella una sirvienta sosteniendo una vela y es cuando la habitación cambia al tintado amarillo. El propósito del director está cumplido: mostrar el código de color de la oscuridad y de la luz en un mismo plano.

Al día siguiente, cuando Hutter se va de la posada y se adentra en los oscuros caminos hacia la morada de Nosferatu, se topa con un carruaje empujado por caballos cubiertos de telas negras y conducidos por un ser que se protege de los rayos de sol con vestiduras también oscuras. Hutter sube al carruaje y Murnau otra vez nos sorprende con una técnica fotográfica muy efectiva en tan solo un plano secuencia: para el plano en el que vemos el carruaje corriendo a toda velocidad por el camino, Murnau decide cambiar el vestuario negro de los caballos, del carruaje y del cochero a completamente blanco. Al mostrarnos este metraje en negativo consigue que dicho blanco se muestre negro intenso, cambiando también el aspecto cromático de los árboles y adentrando al espectador en un ambiente aún más surrealista y tenebroso.

Durante la película Murnau pone todas las cartas sobre la mesa para generar los efectos fotográficos más innovadores de la época, como la técnica del stop-motion.

Con ella nos muestra el efecto mágico que podía ejercer el monstruo sobre los objetos, como abrir puertas a distancia, hacer levitar las pesadas cajas llenas de tierra o convertir su cuerpo en un puñado de ratas «lustrosas y bien alimentadas», tal y como solicitaba el director a los habitantes del pueblo donde se rodó Nosferatu —por las que pagó generosamente— en un anuncio publicado antes del rodaje.

Mediante el uso de la doble exposición de fotogramas Murnau nos presentaba a Nosferatu en su forma espectral semitransparente, dándole un aspecto fantasmal aterrador para cualquier humano que tenga la desdicha de observarlo.

La sombra del pasamanos y del monstruo de afiladas garras subiendo las escaleras sobre un fondo blanco y acercándose a la puerta de la habitación es ya una imagen icónica del terror. Y es que las sombras tuvieron un protagonismo mayúsculo en momentos cumbres: consiguen dar un efecto espectral a la figura de Orlok y nos hacen imaginar sutilmente actos oscuros de dominación sexual al mostrar la sombra de su mano sobre el corazón de su amada hechizada, la cual presiona sobre su pecho. 

Estos son, a grandes rasgos, algunos de los ejemplos técnicos más notorios de la película que demuestran cómo el conocimiento del medio y el manejo del lenguaje hacen de una obra fotográfica en movimiento una referencia de estudio para futuras generaciones de cineastas. 

Faltó muy poco para que esta película desapareciera, ya que Murnau intentó esquivar el pago de los derechos de autor cambiando los nombres de los personajes de la novela de Bram Stoker.  Poco después del estreno, en 1922, la viuda de Stoker denunció el impago de esos derechos y la sentencia impuso la suspensión de la proyección de la película, obligando a la destrucción de las copias y el negativo de la misma. Afortunadamente, dicha sentencia no se cumplió totalmente, y una de las copias distribuidas en Francia permitió su reestreno en 1926. 

El cine en blanco y negro pasa en nuestros días por un renacimiento, y una de las grandes obras contemporáneas que ha permitido la recuperación de este formato es la película El Faro, de Robert Eggers. Adentrarme en la atmósfera provocada por Eggers despertó en mí el recuerdo de un gran clásico con toque mágico, Nosferatu. Al igual que Murnau, Eggers ha sabido crear un clima de terror y locura adaptado al curtido espectador de nuestros días, haciendo resurgir ese toque mágico de nuevo. Y es que con El Faro disfruté tanto como con Nosferatu hace más de 25 años. Esto me llevó a indagar sobre futuros proyectos de Eggers y descubrí que uno de sus deseos a corto plazo es dirigir Nosferatu 100 años después. Aún no sabemos si será un remake, una secuela, precuela u otra cosa, o incluso siquiera si se hará. Al visionar El Faro, observas cien años de influencias cinematográficas en blanco y negro en una película tocada mágicamente para perdurar en el tiempo, para perdurar en mí y espero que también en muchos otros espectadores.

*Fotogramas extraídos de la película Nosferatu, eine Symphonie des Grauens (1922), dirigida por F. W. Murnau.

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