Collages y sucedáneos

Rosa de Gabriel

El 1 de enero de 2015 realicé mi primer collage.

Y luego, cada día, un collage diario. Durante años. 

Comencé a recortar casi como un juego y enseguida descubrí que podía sustituir los pinceles y los lápices por montañas de revistas antiguas y unas tijeras. Cuando agarrar un lápiz se convirtió en una tarea agotadora y por momentos imposible pude continuar contando mis historias mediante esta técnica.

Me basta una sola imagen o una combinación de dos para componer, a veces descomponer, y otras, recomponer una nueva idea. Prefiero el “menos es más” que el “horror vacui”. La nueva imagen es más clara, más directa. Así me gusta. Y además la prefiero cruda, desagradable, que llegue a las tripas antes que al corazón.

En mis collages hay referencias a la muerte, a la angustia de vivir, a la incomunicación de este mundo hiperconectado, a nuestra incapacidad de hacer de este tránsito algo más fácil, rico y divertido. Este absurdo asoma entre mis recortes, lo atrapo y lo fijo a la manera dadaísta, a veces, entremezclado con un sucedáneo de poema dadá. Pero no todo es lo que parece. Hay más intención que azar en la unión de esos fragmentos de papel que en los collages de aquellos artistas de principios del siglo XX. Ellos buscaban composiciones incoherentes y yo busco contar. Contar que la fealdad, la muerte, la angustia o la maldad son también parte de la vida. Y por eso salen de mi mesa tantas imágenes de mujeres deconstruidas, mutiladas, distorsionadas y otras de parejas desunidas y destruidas, grupos de personajes solitarios y figuras que se desvanecen.

Junto a los trozos de papel van apareciendo cada vez más los lápices, las tintas y los acrílicos. Quizá dejan de ser collages para ser otra cosa. No me importa. Vivan los sucedáneos.

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