«No olvido»

Texto: Esther Rebola
Fotografía: Rafa Cabrera

Y allí estaba, caminando por la Medina, en el día libre de aquel viaje tan deseado, esquivando a los vendedores de oro y babuchas de mil colores.

Era aún temprano, se detuvo en un puesto de especias y compró un poco de todo, llevada más por los colores que por el incierto sabor que aportaría a sus pobres habilidades culinarias. Estaba pensando en utilizarlas para crear un fragante dibujo en una fuente de cristal que reposaba sin objeto en su casa, ese lugar tan lejano al que se resistía a volver. Recibió un mensaje en su móvil: era hora de dirigirse al meeting point. Al levantar la vista estaba allí, justo delante de ella, con la sonrisa más bonita que había visto en su vida, la Medina había obrado su magia.

Suponía que la había olvidado, aunque en el fondo esperaba aquel abrazo dulce y sincero que le regaló nada más verla.

Ayer estuve pensando en ti –le susurró mientras aspiraba el olor a melocotón de sus cabellos.

Yo también –le respondió abrumada– pienso en ti todos los días y te echo mucho de menos. He venido a buscarte, pero no quería encontrarte –y el abrazo se hizo más fuerte.

Estuvieron hablando mucho tiempo, pasando de un tema a otro, aspirando el aroma del té, sintiendo el sabor de los Sheb Baquía; allí, al abrigo del cafetín de un funduq; olía a especias, a cuero y a rosas… y a lo lejos se escuchaban las flautas de los encantadores de serpientes de la plaza Jemaa el-Fna.

Con las manos entrelazadas dedicaron tanto tiempo a hablar de lo humano y lo divino que no se dieron cuenta de las horas transcurridas, hasta que la llamada a la oración del muecín los sacó de su ensueño. 

– Me voy mañana –le dijo ella con voz triste y sin querer soltar su mano. 

– Quédate conmigo –le susurró él al oído, sus palabras se debatían entre la súplica y la afirmación mientras su mano le acariciaba la nuca–. Solo esta noche o todas las de mi vida.

Al día siguiente, cuando esperaba el avión en el bar del aeropuerto de Marrakech, el té con menta le evocaba sus palabras de despedida y en su piel aún conservaba el olor a incienso de su habitación en aquel riad.

Nos volveremos a ver –le prometió; el sol del amanecer atravesaba la celosía de la ventana dibujando en su piel estrellas y flores–. Nos volveremos a ver –repitió mientras su dedo recorría el contorno de una estrella en su espalda–, nuestro encuentro se deberá al destino, así ha sido y así será. 

Estas palabras volvieron a repetirse una y otra vez en sus pensamientos, palabras sin respuesta… solo su sonrisa; mientras sus largos dedos acariciaban el colgante de plata que encontró sobre su almohada y que desde aquel día abrazaría su cuello.

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