Nazario. Confesiones de un fotógrafo voyeur

«Es la vida lo que me gusta fotografiar: la vida y el paso del tiempo».

Nazario es leyenda viva del underground español, tanto en el cómic como en su manera de vivir el tardofranquismo y la Transición. También es una de las caras más irreverentes de Barcelona, una ciudad que, con los años, se ha ido volviendo demasiado recatada y a la que él fotografía incesantemente.

Entrevista: Encarna Castillo

¿Cómo surgió tu relación con la fotografía? Porque cuando en 2006 realizaste tu primera exposición de fotografía tras un viaje a Pakistán te dedicabas plenamente a la pintura tras haber dejado el cómic…

La verdad es que, al llegar a un país exótico completamente diferente a todo lo que había conocido hasta entonces —exceptuando mis rápidas visitas a Marruecos para comprar hachís, a donde no llevaba cámara porque no tenía, ni era precisamente a hacer fotos a lo que iba…—, hacer fotos a todo lo que veía —ya fueran lugares o personajes— se convirtió en una auténtica obsesión y en una verdadera angustia. Yo llevaba una tarjeta de escasa capacidad y me tenía que pasar mucho tiempo volcando las fotos en un pequeño disco duro que me habían recomendado llevar. Cuando volví a Barcelona, tuve la suerte de que en el Asian Film Festival, organizado por Casa Asia, necesitaban material para una exposición y mis fotos les parecieron adecuadas.

A mí siempre me interesó la fotografía, pero no como medio artístico sino con fines simplemente documentales y anecdóticos. Luego adquirí bastante destreza fotografiando los objetos y las composiciones que más tarde emplearía en mi pintura. Nunca aprendí las técnicas fotográficas y fui consiguiendo destreza a base de insistir y probar. Nunca supe manejar focos, por lo que siempre me valí de la luz solar, probando los efectos de luces y sombras y buscando un equilibrio entre ambas.

¿Aquellas fotografías contenían ya el germen de ese voyeurismo fotográfico con el que ahora se te identifica?

Yo soy bastante tímido y siempre me dio vergüenza enfrentarme a un rostro para hacerle una foto. Si era un desconocido me resultaba una impertinencia y un posible peligro fotografiarlo sin que él se diera cuenta, y si era conocido siempre había la dificultad de evitar que no posara, que no cambiara sus gestos habituales, sus poses y sus intentos por «quedar bien» en las fotos. Como dibujante de cómic, me interesaba atrapar los gestos, movimientos y miradas de unos personajes que «actuaban» para mí —no representando, como en un teatro, un papel predeterminado—, ajenos completamente a mi objetivo. Para ello, tenía que actuar a escondidas, como un cazador agazapado en su puesto, como aquel personaje de la novela de Henri Barbusse, El infierno, que observaba, desde un agujero de la habitación de su hotel, a los inquilinos de la habitación de al lado; como James Stewart en La ventana indiscreta; o como dicen que fotografiaba Joan Colom a los personajes del Barrio Chino de Barcelona. Yo, en mi ventana de la Plaza Real, encontré la atalaya, el «puesto» y el escondrijo desde donde dirigir mi objetivo a todo lo que se moviera en los alrededores, ya fueran personas, animales o palmeras.

¿Hay algún fotógrafo o fotógrafa con quien te sientas identificado? ¿Sueles seguir el trabajo de otros fotógrafos?

Es la vida lo que me gusta fotografiar: la vida y el paso del tiempo. Y como mi campo  visual está delimitado por el espacio que observo desde la ventana —por supuesto también hago fotografías cuando salgo a la calle o cuando viajo, pero esas son otras fotografías que tienen un interés más de tipo «turístico» y no me provocan el placer de las fotografías oportunistas que hago desde mi ventana—, es la vida que se desarrolla en ese espacio lo que más me interesa capturar. Pero no solo son las personas —artistas, turistas, personas sin techo que habitan en la plaza, trabajadores, etcétera— las que captan mi atención, sino las bandadas de estorninos revoloteando por las palmeras, las gaviotas devorando palomas o los gatos de los vecinos paseando por las cornisas. Suelo perseguir a esos personajes que han ido envejeciendo conmigo, que he ido conociendo año tras año, que han evolucionado como evolucionaron sus actuaciones artísticas, sus enfermedades o sus costumbres.

El que me gusten unos fotógrafos más que otros no quiere decir que me sienta influido o identificado con ninguno de ellos. Mi conocimiento de la fotografía como expresión artística, al contrario que el cine, es bastante tardío. Pero, indudablemente, siempre me sentiré atraído por fotógrafos «morbosos» como el barón Wilhelm von Gloeden, George Dureau, Pierre Molinier o Joel-Peter Witkin.

Tanto en tus retratos de Pakistán como en las escenas robadas de la Plaza Real, el factor común es la cotidianidad, los momentos en apariencia anodinos pero cargados de simbología. ¿Qué tiene esta cotidianidad que tanto te atrae?

A la hora de decidirme a dibujar cuadros, hallé en las vanitas y los bodegones la forma idónea de expresión artística. Algunos de mis pintores favoritos —como Vermeer, Chardin o Antonio de Pereda y Salgado— expresaban en sus cuadros esa cotidianidad, esa recreación en el entorno «casero» con los que me sentiría identificado. La cotidianidad de la vida de los personajes que observo en la plaza es mi cotidianidad, aunque ellos estén allí abajo —como en un escenario— y yo arriba —como en un palco—. Es mi cotidianidad de voyeur, de personaje que comparte irremisiblemente su vida privada con la vida privada de los demás. Los éxodos de los alcohólicos sintecho que vivían en la plaza, a los que conocí andando y, años más tarde, en sillas de ruedas y a los que, al final, conocería y devendrían en mis amigos durante cinco años —migrando de silla en silla y de sol a sombra o al revés, dependiendo de la temporada—, era algo tremendamente cotidiano, como las miradas y las vueltas y revueltas de los vendedores de rosas o los amoríos del malabarista judío de los bolos y la bailarina rusa que un día desapareció.

El germen de las fotos de la Plaza Real se encuentra en tu libro ilustrado Plaza Real Safari. ¿Es la Plaza Real el único escenario para tus fotografías?

La Plaza Real ha estado siempre omnipresente en mi obra, desde que Alejandro y yo nos vinimos a vivir en ella. Aparece en historietas, cuadros, ilustraciones y textos. Plaza Real Safari es una reunión de semblanzas sobre la plaza acompañadas de dibujos, muchos de ellos copiados de algunas de las primeras fotografías de gente que hice en blanco y negro.

Pasemos a las fotografías de interior, a las que tomas en tu casa y donde aparecen bellos hombres desnudos …

A muchos de mis amantes los usé como modelos para realizar dibujos. El pobre Alejandro aceptaba con resignación hacer de modelo, casi siempre desnudo, para adoptar las poses más inverosímiles, que me servían para luego elaborar ilustraciones como ya hicieron multitud de pintores desde que se descubrió la fotografía. Luego, con la invasión del mundo oriental en nuestro lecho, con su narcisismo y su exhibicionismo —a algunos les encanta colocar frente a la cama el gran espejo que tenemos en el dormitorio para mirarse mientras actúan—, la presencia de una cámara por allí en medio ha sido siempre bien recibida para poder mirarse luego como si estuvieran posando para una película porno. La única condición es que no se les vea la cara. Yo disfruto haciéndoles fotos por puro fetichismo, y ellos posan por exhibicionismo.

Volviendo a tu faceta voyeur, ¿qué te lleva a pasarte horas y horas apostado en tu ventana fotografiando a gente desconocida?

Es el placer de la caza, el placer de conseguir una pieza única. Pero es la paciencia lo único que me une al cazador, la paciencia y la atención al menor movimiento, el escudriñar hasta lograr descubrir dónde está lo que buscas. Yo oigo cantar un mirlo y me oteo con la cámara todas las palmeras de la plaza, las antenas o cualquier lugar en donde pienso que pueda estar posado hasta dar con él y fotografiarlo. Para mí, es un gran placer conseguir dar con su emplazamiento.

Un vistazo a la plaza es suficiente para darme cuenta de qué es lo que ha cambiado en ella desde la última vez que miré: el borracho que antes estaba bebiendo sentado en una silla, ahora está tumbado en el suelo durmiendo, y sé que la pareja de urbanos que está apostada en la otra punta de la plaza no tardará en verlo y acudirán a despertarlo y pedirle que se levante. Luego, su reacción puede ser tranquila y puede volver a sentarse en la silla, marcharse o enfrentarse a ellos. Conseguir fotografiar la gran actuación del nuevo saltimbanqui marroquí —que me encanta—, esa gran actuación que yo sé que puede salirle perfecta y no el número habitual que realizan para los turistas —algo así como la diferencia entre las actuaciones de los gitanos de Morón en una fiesta pagada por los «señoritos» y las actuaciones que hacían para los amigos—. He de fotografiar el triple salto mortal que ha de salirle perfecto, ese salto que admirarán los compañeros que conocen las dificultades que entrañan una perfecta ejecución. Sabiendo que los domingos al amanecer suele reunirse en la plaza una gran colección de personajes insólitos, me levanto temprano con la primera luz y sé que puedo sorprender una sangrienta pelea, un chapuzón en la fuente, un travesti vestido de noche meando en una palmera o cualquier espectáculo que me compense las horas de espera y observación. A veces no pasa nada, pero nunca he tenido la sensación de haber estado perdiendo el tiempo porque he disfrutado observándolos, sabiendo que si hubiera pasado algo yo estaba allí para fotografiarlo y añadirlo a mi colección.

¿Sería muy arriesgado pensar en la ventana desde la que fotografías como una metáfora de cómo te sientes en el mundo, más como un mero espectador que como parte activa?

Yo siempre fui onanista y jamás pensé que mi semen pudiera servir para algo. El semen mío o el de mis amantes solo me interesa por ser una consecuencia patente del orgasmo, y por el placer fetichista de su observación o de su tacto. Cuando estoy a la espera de que ocurra algo que captaría con mi cámara, nunca pienso en que ese algo pueda servir luego para otra cosa que no sea el placer de captarlo y de recrearme luego observando los detalles en la pantalla del ordenador —al ampliar las fotos, a veces descubro detalles, gestos o personajes en los que, cuando hice la foto, no había reparado en absoluto—. Nunca me planteé que esa foto podría servir para otra cosa que para sentir el placer de haberla hecho y poder contemplarla cada vez que me apetezca.

Mi vida no se limita a mirar por la ventana y hacer fotos, como mis relaciones con los novios tampoco se limita a hacerles fotos en la cama. Mi vida es mucho más extensa y el papel de voyeur y de fotógrafo son solo algunos de los roles que interpreto en ella. 

Yo soy muy sensual y me gusta mirar, como me gusta tocar, oír, olfatear o degustar sabores. Por otra parte, el hecho de buscar, esperar, observar y apretar un botón en el momento oportuno es toda una actividad. Y, sobre todo, en esto hay una realidad: el voyeur es un ser tremendamente solitario. No se agrupa. Siempre actúa solo, sin colaboradores ni cómplices. Otra cosa son los espectadores.

Tus fotografías me transmiten mucho de simbología mitológica o, si queremos, devoción religiosa. Como si fueran la continuación de ese universo que ya explotaste en el cómic con toda la iconografía católica ¿Son estos desnudos masculinos, el turismo y la fauna que habita la plaza tus nuevos santos relicarios?

En primer lugar, yo soy un coleccionista de imágenes. Disfruto consiguiéndolas y guardándolas. Para mí, el retrato ideal de un personaje no es conseguir una única foto que refleje lo que yo pienso que la persona que luego contemplará la foto debe pensar sobre esa imagen. Esa pretendida objetividad me parece falsa. Me gusta presentar al personaje en múltiples facetas, desde distintos ángulos, en distintos momentos, con las diversas expresiones y movimientos que he podido captar de él. Al provenir del mundo del cómic y admirar las técnicas del cine o las antiguas fotonovelas, me gusta describir lo que retrato buscando diversas imágenes con diferentes planos espacio-temporales, ya que no puedo cambiar de encuadre. Luego, seleccionándolas y recortándolas, formaré collages a modo de cómics o fotonovelas. No me basta con una sola fotografía que defina el objeto fotografiado. Aunque a veces resulten redundantes, a mí me gusta el resultado que consigo con esos collages en los que reúno varias fotos del mismo personaje en diversas tomas.

La verdad es que un porcentaje muy elevado de la gente que actúa y se mueve por la plaza —excluyendo a los turistas—, suelen ser hombres. Pocas mujeres actúan —Syla La Rusa, alguna bailarina y la pareja que baila tangos—, Helga La Alemana es la única mujer del grupo de alcohólicos, y la presencia de mujeres entre los hooligans suele ser escasa. Me siento atraído por tipos extravagantes que pisan la plaza una única vez, que visitan la plaza durante un tiempo determinado o que, incluso, llegan casi a instalarse en ella durmiendo de noche en los alrededores y acudiendo a sentarse, a exhibirse o a buscar compañía durante el día. Tengo toda una galería de estos tipos a los que llamo «Hombres sin rumbo». A veces, con las andanzas, aventuras y anécdotas de estos tipos suelo montar pequeñas películas de uno o dos minutos de duración a las que añado algún motivo musical, un título y las fechas de la realización de las fotografías y los montajes.

Luego están los hombres atractivos que actúan para los turistas frente a las terrazas: marroquíes volatineros, capoeiras brasileños o músicos rumanos. El seguimiento que hago de los hombres que me gustan es exhaustivo. No todos los músicos rumanos me atraen, sino un solo músico al que persigo insistentemente con la cámara. O un saltimbanqui recién llegado, algo mayor que el resto —a punto posiblemente de retirarse— se convertirá en «mi» saltimbanqui. Fotográficamente hablando, me siento más atraído por ellos —distantes, lejanos, ajenos a mi cámara— que por mis amantes que, hasta cierto punto, posan para mí. Hago excepción de los tríos de los que, para poder contemplarlos y hacerles fotos, he optado por desgajarme y dejar a los dos actuar solos.

Publicas tus fotografías en Facebook, donde eres muy activo, y tu página te la han cerrado varias veces ¿Qué opinión tienes de las redes sociales y de su uso?

Hoy en día las redes sociales —en las que me resistía a introducirme— son un indudable medio de comunicación. Allí abundan los egos y las adulaciones, las angustiosas llamadas intentando decir «yo estoy aquí, mira cómo soy y mira lo que hago», el aburrimiento y la mediocridad, la falsa plataforma para alcanzar un éxito a base de acumulación de «Me gusta» —que, a menudo, has recibido a cambio de repartir otros «Me gusta» entre amiguetes—.

Porque, al fin y al cabo, todo se reduce a moverse entre un grupo más o menos reducido de conocidos. Aunque algunos culpen a las redes y los algoritmos, la verdad es que, más allá de ese grupo de amiguetes, tus encantos no les interesan a nadie. Pero como por encima de todo está la vanidad, y yo soy vanidoso, tremendamente vanidoso —el voyeurismo y el exhibicionismo son compañeros de viaje del vanidosismo—, no tardé en caer en las redes sociales esperando el aplauso y la admiración de mis conocidos. Como las obras que realizo son a menudo provocadoras —ya sean fotos, dibujos o collages—, no tardó en llegar el día en que me censuraran —hasta en cinco ocasiones— y me prohibieran el acceso a la páginas durante algún tiempo. Hasta hace un mes, justo durante el confinamiento, no me compré un Samsung Galaxy, más que nada para verles la cara y las pollas a mis novios paquistaníes. Creo que fue un error, porque ahora ellos me acosan, y a mí —que me paso todo el día frente al ordenador— el WhatsApp o el Instagram no me interesaban. Pero allí estaba Instagram, tentándome. Y, tras duros esfuerzos para conseguir familiarizarme con la herramienta, conseguí colgar fotos con gran aceptación. Hoy, tras haber publicado un par de fotos de amantes desnudos y seis u ocho saltimbanquis fornidos sorprendidos en el aire en el momento de efectuar la voltereta, tengo prohibido el acceso a la red por haber publicado una de las fotos de un novio desnudo visto de espaldas, subido en una escalera en el armario del dormitorio. Las normas en Instagram son iguales que las de Facebook. ¡Qué gilipollas no haber caído en que las dos son la misma cosa!

Hace años, pasé un tiempo pasando historietas al formato apaisado o desglosándolas en viñetas para facilitar al lector la lectura y que pudiera observar mejor los detalles. Colgué en un sitio llamado Slideshare las historias, agrupándolas en bloques que titularía Mis primeros cómics gay o Nazario cien por cien gay junto a prácticamente la mayoría de mis historias, exceptuando Anarcoma. Un día recibí un comunicado en inglés diciendo que me borraban todas las historias que tenía colgadas por una denuncia por zoofilia y no sé qué más. Pero me borraron todo, incluso los fotomontajes del incendio del Liceo o de Plaza Real Safari. Hoy los tengo almacenados en dos blogs que creé, a los que posiblemente casi nadie acceda: Nazario canalla y Nazario Luque. Posiblemente, crear un blog donde colocar mis fotografías pudiera estar bien, pero preferiría verlas publicadas en un álbum en papel.

¿Cuánto hay en tus fotografías de atracción por lo sórdido o por el lado oscuro del ser humano?

No hay ninguna sordidez en mis fotos eróticas. Y, en absoluto, tampoco la hay en esos holandeses errantes que retrato. Ni siquiera en los rebuscadores de basura que hurgan en ella constantemente, sin descanso, o con una breve pausa, sentados en una silla, de papelera en papelera; Diógenes enfermizos arrastrando sus bolsas repletas de «joyas».

Sus rostros, sus andanzas, sus pequeñas aventuras me cautivan y me pierden, provocan que me enganche a ellos, lo que supone mi permanencia al acecho desde la ventana. Conozco las costumbres extravagantes de uno, el aspecto de padre de familia de otro, o el recorrido por las papeleras arrastrando los pies de un abuelete. Aunque haya visto y fotografiado miles de veces a los artistas que actúan, cuando oigo que comienzan sus actuaciones, me siento arrastrado a la ventana para verlos de nuevo. Siempre hay algo distinto en sus vestuarios, sus movimientos y en su mejor o peor forma artística. No es lo mismo que las actuaciones ridículas de los turistas, de las despedidas de solteras o solteros, o de la energumenez de los hooligans ingleses o alemanes.

¿Qué tienen tus fotografías de estudio antropológico?

Nada en absoluto. Ni cultural ni social. Al menos yo no me planteo que la realización de mis fotografías responda a ningún tipo de estudio preconcebido. Suelo retratar, de una forma casi compulsiva, todo lo que veo desde mi ventana, ya sean alcohólicos, artistas, camareros, vecinos, amigos, vendedores legales o ilegales, chamarileros, perros acompañados de sus dueños, gaviotas devorando palomas, podas y caídas de palmeras, bandadas de estorninos y puestas de sol o de luna…

También has realizado una serie de vídeos a partir de fotomontajes, como Orgasmos en directo. La cámara fotográfica como juguete sexual. ¿En qué consisten? ¿Habrá más en un futuro?

Cuando realizo un seguimiento de un personaje puede ocurrir que, al final, solo haya conseguido una serie de retratos de ese personaje, pero si el protagonista actúa o tiene un comportamiento extravagante o anecdótico, puedo reunir las fotografías en una secuencia de imágenes que constituirán una historia. Recorto las fotos, las corrijo y las junto poniéndole música y un título. También suelo juntar varias historias de personajes diferentes reunidos para formar un solo collage como hice en Plaza Real Cirkus, para el que dibujé una serie de ilustraciones para anunciar las distintas actuaciones; o ese Orgasmos en directo, en donde reuní fotografías de gente a la que había sorprendido haciéndose lo que hoy se llaman selfies con sus máquinas de foto y para cuyo comienzo, entre los intertítulos, me hice unos autorretratos con la máquina sobre el trípode mientras chupaba, lamía y hacía como que intentaba meterme por el culo el zoom y el objetivo de la antigua cámara analógica Olympus. De fondo musical puse los gemidos grabados de una película porno. Fue un fotomontaje que consiguió muchos «Me gusta», e imagino que a la gente el título de «orgasmo» y el comienzo de «autorretratos eróticos con la cámara» les atrajo.

Las fotografías del día a día de la enfermedad de Alejandro Molina, tu pareja durante 36 años —fallecido en 2014— y que también publicabas a menudo en las redes sociales, ¿qué tuvieron de catarsis personal y qué de trabajo artístico?

Cuando desperté a las tres de la madrugada, y el dormitorio estaba en silencio, supe que Alejandro había muerto. Le di un beso en la frente y le junté las manos como había visto siempre que se hacía con los muertos. Llamé al médico que haría el certificado de defunción y a los que se llevarían el cadáver porque hacía años que habíamos donado el cuerpo a la ciencia. Durante el par de horas que tardaron en llegar, decidí coger la cámara y hacer fotos de Alejandro, de la casa, de detalles… Estuve haciendo pequeños vídeos mientras lo metían en la bolsa de plástico, lo bajaban por la escalera o, desde la ventana, cuando lo introducían en la ambulancia hasta que esta desapareció de la plaza. Luego me senté frente al ordenador a comunicarle al mundo que, mientras yo dormía, los faunos se habían llevado a mi Alejandro. Intuí vagamente que aquellas fotos y aquellos vídeos no me atrevería a mirarlos. Solo con el tiempo los miraría, casi como de reojo y con los ojos inundados de lágrimas. Eran vídeos y fotos que, como todos los demás, los había hecho para coleccionar, para tenerlos ahí almacenados. Para mí, no tendrán ninguna otra utilidad que la de saber que, si un día quisiera volver a verlos, estarían ahí guardados.

Mi comportamiento durante estos últimos seis años ha resultado ser, sin pretenderlo, una especie de resiliencia para sobrellevar el duelo por la muerte de Alejandro, en los que me dediqué a dar clases de español a inmigrantes y, sobre todo, a entablar amistad con un grupo de cuatro viejos alcohólicos inválidos y bajarles casi todos los días la comida durante los años que vivieron en la plaza antes de morir —unos— y de ser ingresados —otros— en residencias de Arrels. El libro que terminé de escribir el año pasado, Mis desconocidos amigos alcohólicos —y que aún no he presentado a ninguna editorial— narra mis relaciones durante cinco años con el grupo de alcohólicos inválidos a los que conocía desde hacía años por haberles hecho fotos casi desde que aparecieron por la plaza aún sin ir en sillas de ruedas.

¿Cómo te enfrentas a ellas ahora seis años después?

Quedan sepultadas, como el reactor nuclear de Chernóbil, por miles de imágenes, textos y vivencias. Con ellas me ocurre como con las numerosas fotos que hice en mi viaje a Pakistán, o las que hice de partidos de kabadi o de reportajes de «bodas y bautizos» de amigos.

Sueles ser un portavoz de diferentes denuncias sociales como el problema con la vivienda, los sintecho, la desaparición progresiva del tejido social de los barrios, etcétera. ¿Qué es lo que más te cabrea en este preciso momento?

Aunque ahora con la pandemia ha cambiado todo, hay un problema al que no se han enfrentado —ni han querido enfrentarse, ni siquiera con la presencia de Podemos en el Gobierno—, y es la legalización de los que no tienen papeles y llevan varios años viviendo aquí. Es incomprensible que no lo planteen siquiera. Hace poco, me decía un amante bengalí que en Italia han legalizado a todos los migrantes sin papeles; pero no sé si es verdad. En Portugal, solo necesitan tres años de empadronamiento; y aquí hay que sobrevivir escondido, ganándote la vida como puedas y manteniéndote oculto, huyendo de la policía, con miedo a que te cojan y te deporten. Me manifesté en montones de ocasiones pidiendo papeles para todos y apoyando a los manteros en su lucha diaria para sobrevivir vendiendo en la calle.

Además de tus fotografías, otro de tus placeres actuales es la escritura. ¿En qué estás enfrascado en estos momentos?

Estoy esperando que Anagrama se decida a publicarme la tercera parte de mi autobiografía, referente a mi infancia. Esto me tiene congelado, sin ganas de continuar trabajando con otra parte de mi biografía, ya casi escrita, en la que cuento las relaciones que tuvimos y que continúo teniendo con los numerosos amantes —casi todos paquistaníes—, sus vidas, sus problemas, las dificultades para llegar aquí, para conseguir papeles y para comprendernos a pesar de nuestras culturas tan diferentes.

He trabajado con mi archivo fotográfico durante este confinamiento en el que he estado casi a punto de perder la vida a causa de un neumotórax, del que ni los médicos ni yo sabemos si tuvo algo que ver con el coronavirus. No sé cómo responderán mis pulmones, frágiles a causa de la tuberculosis que padecí y de mi antigua adicción al tabaco.

Hacer una nueva selección de mis fotos con vistas a la posible publicación de un álbum sobre la Plaza Real, agrupándolas en collages por temas, ha sido el trabajo que me ha tenido embebido estos meses. 

Además, hace tiempo que propuse a La Virreina Centre de la Imatge y al Arts Santa Mònica montar una exposición exhaustiva sobre la plaza con mis fotos, fotomontajes y vídeos, a la que añadiría mi colección de fotos, postales y documentos. Había buscado al comisario y a los colaboradores —informáticos que harían un recorrido virtual por la plaza y pondrían animación a mis personajes—, pero el proyecto parece que no interesaba a nadie. Posiblemente sería más fácil encontrar fuera de Barcelona a alguien que se sintiera interesado por realizar esta exposición, como ya sucedió con la publicación del libro Plaza Real Safari, editado en Madrid, o La Barcelona de los 70 vista por Nazario y sus amigos, editado en Castellón.

Por último, tenía que inaugurar una exposición retrospectiva en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, en Sevilla, para el 4 de noviembre. Pero el futuro, por ahora, tiene una existencia precaria.

¿Qué le aconsejas a un joven voyeur para sobrevivir en este mundo?

¡Ppppppppffffffffffffff!

Barcelona 15 de mayo de 2020 
(2º mes de confinamiento)

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