Los tebeos de posguerra

Texto e imágenes: José Antonio Ortega Anguiano

El genial Jesús Blasco fue el dibujante estrella de la revista Chicos, una de las mejores de todo el tebeo de posguerra, aunque también publicaron en sus páginas artistas incomparables como Freixas, Puigmiquel, Tomás Porto, etc.

El objetivo principal del ser humano es alcanzar la Felicidad. Absolutamente todo gira en torno a esto. Por ello, hasta en una lacerante posguerra nos mueve esta incansable búsqueda. Cuando se alcanza la satisfacción de las necesidades primarias, solemos embarcarnos en el disfrute de los sentidos, en los que la evasión está presente. De no ser así, las Artes no existirían. 

También en un tiempo oscuro como fue la década de los cuarenta del siglo XX en España, la gente buscó ese momento grato que podían proporcionarle los medios de comunicación de masas, convertidos desde que se crearon en los transmisores de los distintos modos de expresión. Hoy sabemos que la oferta que nos ofrecen es enorme, pero en un país abatido por la pobreza, la incomunicación y la inexistencia de soportes que los difundiesen fue muy difícil acceder a su disfrute para pasar un rato de asueto. Efectivamente, la televisión no existía, el cine no podía verse en todos los lugares y la radio estaba condicionada por la presencia de la electricidad. Otros difusores, como por ejemplo el fonógrafo, eran muy escasos.

Por ello, en ese momento histórico, la historieta se convirtió en una de las primeras industrias dedicadas al entretenimiento, no en cuanto al dinero generado, pero, sí en lo concerniente a su difusión y popularidad entre la gente.

EL GRAN AUGE DE LA INDUSTRIA DEL TEBEO

Flechas y Pelayos fue editada por medios cercanos al poder franquista para proyectar una imagen idílica del franquismo.

Desde su origen, allá por la década de los setenta del siglo XIX, la historieta española se alojó en periódicos y revistas humorísticas, infantiles y de información general. El humor fue lo que predominó, el personaje fijo no se prodigaba y el contenido de estas revistas de entretenimiento era una mezcla de cuentos moralizantes, pasatiempos, chistes y anécdotas que complementaban el exiguo bagaje de historietas. 

Así, hasta el advenimiento del siglo XX, las publicaciones específicas de este tipo casi no existían, con lo que tan solo una decena, dedicadas más o menos en su totalidad a la edición de historietas, había visto aquí la luz. Pero, entonces apareció una publicación llamada Dominguín (1915) que solo incluía historietas, lo que llamó la atención del público sobre el nuevo medio. Sin embargo, hacía falta un impulso definitivo y lo tuvo cuando el editor Buigas puso en el mercado la revista TBO (1917). El éxito fue tan grande que acabó por dar el nombre de «tebeo» a todas las revistas dedicadas a la historieta. 

Poco después, llegó Pulgarcito (1920) y a lo largo de esa década se fueron consolidando en el mercado una serie de cabeceras cuyo denominador común era el humor, así como otras que tenían que ver con personajes populares del mundo del cine.

En los años treinta, se produjo el nacimiento de una incipiente cultura de masas. Una generalización de la alfabetización y un mayor poder adquisitivo fue lo que propició que el cine, la novela popular, la radio y el cómic se convirtieran en modos de entretenimiento válidos para una mayoría de la sociedad.

En la corta etapa de la Segunda República destacaron Aventurero (1935), Mickey (1935) y La Revista de Tim Tyler (1936), fórmulas de éxito ensayadas antes en Italia que trataban de reproducir el formato, el color y el contenido de los suplementos dominicales de los periódicos estadounidenses. Con ellas, los cómics creados para los grandes rotativos de aquel país supusieron para la historieta española la adquisición de un marchamo de internacionalidad, porque, a partir de su conocimiento aquí, los gustos del público y el de los autores autóctonos se vieron alterados ante planteamientos artísticos tan magníficos y ya nada fue igual a partir de entonces. 

La contienda civil determinó que los ideales políticos sin subterfugios entrasen de manera masiva en la historieta. Rataplán (1936), Alegría Infantil (1936), Camaradas (1937), Calderilla (1937), o el Almanaque Pionero (1937) mostraron en sus páginas el adoctrinamiento y la lucha por el control ideológico del mundo infantil republicano, mientras que entre los tebeos de los insurrectos habría que destacar Flechas (1936), Flecha (1937), Pelayos (1938) y el que resultaría de la unión de estos últimos: Flechas y Pelayos (1938).

LOS TEBEOS DIRIGIDOS

Existe la idea entre los investigadores de la Historia Contemporánea de que la Guerra Civil Española de 1936 no acabó en 1939, sino que lo hizo en 1952, momento en que se dejan sin efecto las cartillas de racionamiento, un elemento inequívoco de la presencia de la escasez. Pese a ello, hay quien alarga aún más este periodo de tiempo de hambre y miseria, pero se cree que al producirse este evento se llegó a un momento suficientemente significativo como para pensar que por fin se terminó ese periodo de sufrimiento para la mayoría de la población.

Sea como fuere, entre 1939 y 1952 se llegaron a editar algo más de mil colecciones(1) diferentes de tebeos entre las que estaba todo el espectro posible que soporta este tipo de cultura de masas: cuadernos de pocas páginas y precio asequible, revistas infantiles y juveniles provistas de textos e historietas, suplementos dominicales de periódicos y revistas, publicaciones de humor, etc.

Página de historieta de Las peripecias de Luisín y Chiquita con el sello de aprobación de la censura

Esa ingente producción se publicó casi toda en cuadernos de formato apaisados y con poco contenido, una fórmula que ya había sido un éxito en Italia y que se había importado aquí tímidamente en los años de la contienda. Principalmente los géneros que predominaban eran el humorístico y el de aventuras, aunque a veces se mezclaban ambos géneros. 

Los tebeos ocuparon en aquellos momentos el espacio principal dentro de la parcela de la diversión porque eran baratos, se podían conseguir de manera fácil en ciudades grandes, en las de tamaño medio y hasta en las que no eran muy pequeñas en las que no había un una sala de cine. Además, la posibilidad de poder leerlos mediante la compra en el kiosco y en establecimientos de venta de segunda mano, el cambio, y hasta el alquiler, en este tipo de establecimientos y entre particulares, el préstamo entre familiares y conocidos amplificó extraordinariamente su difusión hasta el punto de que se ha llegado a asegurar que cada tebeo editado fue leído por hasta cuatro personas.

Así, los humildes tebeos se convirtieron en esa pequeña Arcadia donde se refugiaban los niños y niñas, adolescentes y adultos durante unos minutos, con lo cual, se creó a la vez un modo de enculturación tutelado, como siempre, bajo la mirada atenta del poder.

Las características temáticas de estas publicaciones se encuadraban en los géneros ya asentados en la cultura popular en general, sobre todo en el cine y la novela: aventuras, romántico, ciencia-ficción, humorístico, fantástico, policíaco, histórico, bélico, oeste, religioso, etc.

Detalle de una portada con el sello de prohibición de editarla, con lo que no pudo ver la luz.

Sin embargo, al estar enmarcada toda esa carga cultural en un país abrazado por una fuerte dictadura militar, lógicamente, fue dirigida en el mismo sentido en que progresaba el régimen. Efectivamente, el gobierno que surgió tras la guerra para regir un país en ruinas se embarcó en la idea que se denominó Reconstrucción Nacional, un pensamiento repetido hasta el hartazgo por la Delegación Nacional de Propaganda.

Una de las maneras de encauzar la cultura en general fue la censura previa que estuvo vigente durante todo el franquismo y que decidió lo que podían y no podían ver los ciudadanos privados de algunos de los Derechos Humanos que adquirimos por el simple hecho de haber nacido. En el caso de los tebeos, se debían presentar los originales ante las Delegaciones del Ministerio de Educación Nacional, o de Información y Turismo, de la ciudad donde se fuese a publicar el tebeo. Tras ser revisados, sus gestores sellaban cada página con un sello de aprobación y el editor podía llevar la publicación a la imprenta. Otras veces, había que retocar o cambiar lo que se indicase. Otras, se denegaba el permiso de manera absoluta. 

Toda obra artística es el reflejo de la sociedad que la produce y está encaminada a la enculturación de esta. Por ello, cualquier tebeo refleja el tiempo y la idiosincrasia del grupo humano que lo generó, aunque su autor no pretendiese nada más que proporcionar un poco de diversión a cambio de un poco de dinero para él y para la empresa que iba a editarlo. Entonces, el tebeo español del periodo que nos ocupa no puede responder desde el punto de vista moral, político, cultural y social nada más que a esa especial manera de ver la vida que tenía el régimen de Franco.

Salvador Vázquez de Parga dijo que «el cómic como medio de comunicación de masas, y más como producto industrial integrado en los mass media, puede convertirse en un arma política formidable. Todos los elementos de la cultura de la imagen pueden emplearse con fines propagandísticos para la difusión de un mensaje o de una idea, y precisamente el cómic es uno de los más llamativos y eficaces en este orden» y añadió «Cuando el cómic intenta propagar una idea política o toda la ideología de un sistema, puede hacerlo directamente, con lo que el cómic se habrá convertido en un panfleto de uno u otro sentido, fácilmente reconocible como tal, de modo que nadie podrá llamarse a engaño respecto a su contenido, o bien puede difundir esa ideología de una manera encubierta, disfrazada de una bonita historia externa en cuyo fondo laten una serie de principios políticos en los que esa historia se apoya, sin que el lector falto de sentido crítico sea consciente de ello»(2).

O sea, que si el cómic es un medio cuyo poder de comunicación es grande, usarlo para imbuir de unas ideas concretas a sus usuarios no es difícil. Por ello, en los primeros años de posguerra, con una población que tenía grandes carencias en cuanto a su grado de alfabetización y a la que los medios de comunicación de masas no llegaban con demasiada facilidad, el tebeo se constituyó en un elemento de primer orden para el adoctrinamiento político.

A modo de ejemplo, en un tebeo de la época se insertó una historieta en la que al final un niño reflexionaba sobre «¿para qué tendré que estudiar si para matar rojos, que es lo que yo quiero, no se necesita?».


Permiso de edición del número 10 de la colección Princesa (1951), de Ediciones Ameller.

LOS TEBEOS SEMIFASCISTAS 1936-1944

Prácticamente, desde que el 1 de Octubre de 1936 se le concede a Franco la Jefatura del Estado en la Capitanía General de Burgos, los tebeos contienen esta ideología oficial del régimen. Hasta los nuevos editores estaban insuflados de fervor nacional. Hubo empresas surgidas en los primeros años de la dictadura que se llamaron Editorial Española, Editorial España, Editorial Iberia, Ediciones Patrióticas, etc. 

Por su parte, tampoco los títulos de las revistas no se quedaron atrás al respecto. Por ejemplo, los «capitanes», «sargentos», «tenientes» y otras graduaciones militares similares fueron algo muy corriente para añadir al nombre o al adjetivo del personaje principal de alguna colección. Además, hubo cabeceras que aludían también a su condición patriótica como Bravo Español, (1941), Centurias (1943) y las citadas Pelayos, Flecha y Flechas y Pelayos.  

Oda a Carmencita Franco Polo publicada en Flechas y Pelayos.

Fray Justo Pérez de Urbel, el director de esta última, imprimiría un fuerte toque religioso-político-militar, una amalgama ideológica que caló tan hondo en la sociedad que hasta se han podido detectar sus coletazos a ochenta años vista de aquel momento durante la exhumación del Valle de los Caídos de los restos del dictador. Flechas y Pelayos fue el franquismo hecho tebeo. Diversión, sí, pero para acceder a ella había que permitir forzosamente la exposición manifiesta de los valores patrios. Lógicamente, los que el régimen aquel consideraba como buenos, excluyendo los que a su juicio no lo eran.

Las páginas de sus más de quinientos ejemplares editados estaban repletas de la loa al régimen, a sus ideas inmarcesibles, al concepto de la Historia española tratada de manera grandilocuente y sin la menor sombra, a ensalzar a sus artífices y hasta a personajes de ninguna trascendencia a los que se concede importancia por estar relacionados con el poder. Así, se publican poesías que se dedican a la onomástica de Carmencita Franco Polo. En otra ocasión, en un número de Maravillas (1939) se inserta una postal para que el comprador de la revista la enviase al periódico Arriba y el personal de este se encargaría de hacerlas llegar a Carmencita en el palacio de El Pardo para felicitarla en su santo. 

Postal a Carmencita Franco insertada en un número de Maravillas.

Entre las situaciones extremas que generó un mando omnímodo están la que se refirió a la edición, al permiso de esta en concreto, que hizo que editores tan importantes como Bruguera, propietarios de la editorial El Gato Negro fuesen apartados de la industria durante unos meses por haber estado radicado su negocio en lugares que durante la guerra permanecieron fieles a la República.

Así mismo, las editoriales cuya sede social se hallaba en ciudades que habían quedado en la zona republicana debían pedir permiso de edición para cada número que fuesen a editar, aunque fuese la misma cabecera. 

Al contrario, territorios tan poco relacionados con el mundo de la edición como San Sebastián se convirtieron en la sede de editoriales como la que dirigió Consuelo Gil, la editora de hitos del tebeo tan importantes como Chicos (1938) y Mis Chicas (1941), uno de los primeros tebeos dedicados específicamente a las niñas, ya que a tenor de lo poco que se editó dirigido a ellas parecía ser que la mujer no encajaba en el mundo del tebeo(3) .

Es curioso que tras esta revista, en los años sucesivos, proliferasen una serie de tebeos para la mujer que supusieron por su concepción ideológica algo único en el mundo del comic mundial, ya que en ningún otro lugar se imponen unas reglas cuyos postulados tenían mucho que ver con los ideales de la Sección Femenina, cuyas dirigentes pretendían preparar a la mujer para que fuesen buenas madres y esposas, aunque ellas en su inmensa mayoría ni se casaron ni parieron hijos. El franquismo fue el motor de esta manera tan sui géneris de entender el tebeo dedicado a la mujer. Tanto es así que cuando acabó el régimen también desapareció el tebeo femenino casi por completo.

En realidad, aquella ideología no estuvo implícita de una manera evidente en las viñetas del resto de los tebeos que se editaban en el país. Lo más común fueron los tebeos para chicos que albergaban héroes violentos y poco dados a la reflexión.

Hispano Americana de Ediciones, por ejemplo, importo desde Italia un personaje como Juan Centella (1940), cuyo aspecto físico trataba de emular al boxeador Primo Carnera, héroe del fascismo mussoliniano. Juan Centella no tenía el menor pudor en masacrar negros. Tampoco los otros personajes dejaban de denostar a los judíos en las viñetas de otros tebeos, trayendo a colación todos los tópicos que se le han adjudicado a este pueblo desde que tuvieron la mala ocurrencia de crucificar a Cristo.

Juan Centella, donde se primaba la raza blanca sobre las demás.

En aquellos primeros años de la posguerra vieron la luz Roberto Alcázar y Pedrín (1941), El Guerrero del Antifaz (1940) o Leyendas Infantiles (1942), además de las veteranas TBO o Pulgarcito, que habían reaparecido tras llegar la paz. 

En cuanto a los autores que estuvieron a cargo de ilustrar aquellos tebeos habría que citar a Jesús Blasco, uno de los más geniales dibujantes de todo el cómic mundial, Emilio Freixas, Manuel Gago, Coll, Vañó, Urda, Jaime Juez, Ayné, Iranzo, Puigmiquel o Pilar Blasco.

Por su parte, las editoriales más importantes fueron Hispano Americana, Valenciana, Bruguera, Toray, Ricart, Ferma, Marco y algunas otras, entre las que destaca una ingente cantidad de pequeñas empresas que trataron de asentarse en el mercado y que sin embargo no pasaron de publicar algunas colecciones testimoniales compuestas de poquísimos números cada una. Así, durante el periodo semifascista se llegaron a editar hasta 340 colecciones de tebeos, entre las que había algunas revistas cuyo contenido también admitía otras secciones que no eran de historieta. 

El Cachorro apareció en los años finales de la posguerra y continuó la estela de los tebeos aparecidos durante los años que duró esta.

EL TEBEO DE LA AUTARQUÍA 1945-1959

La historiografía considera que el período de la Autarquía franquista se extiende desde 1945 hasta el final de la década de los cincuenta del siglo XX. Sin embargo, este análisis sobre el tebeo de la posguerra alcanza solo hasta 1952, como se ha indicado. Por lo cual, los comentarios que se hagan al respecto en este apartado afectarán solamente a los tebeos editados entre los ocho años citados.

El Pequeño Luchador fue otro de los muchos personajes creados por Manuel Gago, el autor de El Guerrero del Antifaz, otro de los grandes referentes de la historieta de posguerra y del cómic español en general.

En esta etapa fue desapareciendo el fuerte contenido político que caracterizó a la historieta española de aquel entonces, por lo que el tebeo se pareció cada vez más al cine que llegaba de fuera, aunque siguió habiendo revistas como Flechas y Pelayos, Maravillas y Clarín (1949), cuya virulencia política se fue apagando a medida que el país entraba en unos cauces ideológico que trataban de asemejarse a los que discurrían por el resto de los países de Occidente, con reparos, claro.

Lo normal fueron revistas como Azucena (1946), cuya estela llegaría hasta los años setenta, El Capitán Coraje (1946), El Coyote (1947), Dumbo (1947), Hazañas Bélicas (1948), El Cachorro (1950), Chispita (1951), Inspector Dan (1951) y otras muchas.

Los autores más importantes de esta etapa fueron, además de los citados en el apartado anterior, los que integraron la llamada «Escuela Bruguera», como Cifré, Vázquez, Conti, Peñarroya y otros. También destacaron Carmen Barbará, Ambrós, Ferrando, María Pascual, Boixcar y un largo etcétera.   

Las editoriales fueron prácticamente las mismas que se han citado antes, aunque hubo otras que se incorporaron a estas como Maga, Cliper, Grafidea, Ameller, ERSA y algunas otras de poco calado. 

Con ello, las colecciones de tebeos publicados en la etapa autárquica llegaron a 700, un aumento del cien por cien respecto a la semifascista, lo que se explica si se tienen en cuenta las mejoras que se introdujeron en los modos de vida y en las necesidades básicas de la población, aunque aún faltase mucho para alcanzar las cotas producidas en los años sesenta.

Lógicamente, desde el final de la guerra también se editaron tebeos dedicados a personajes que hoy son los grandes clásicos del cómic mundial como Flash Gordon, Tarzán, Rip Kirby, Prince Valiant, Spirit, Mandrake, Mickey Mouse, Batman, The Phantom, Supermán, el Capitán Marvel, Johnny Hazard, etc., pero aunque también fueron tebeos de aquella dura posguerra española, hemos querido obviarlos para centrarnos en los realizados aquí por autores que padecían mientras los hacían las mismas privaciones de quienes los leyeron.

CONCLUSIÓN

¿Qué pervivió de todo aquello? Como un signo distintivo del discurrir del tiempo, apenas podemos rastrear nada, como nada queda de otras épocas, salvo lo que realmente no muere porque se convierte en un clásico desde que es engendrado, como le ocurre a todo lo que hurga en la esencia más sincera del alma humana.

Posiblemente, aquellos tebeos ya ni siquiera transmitan su antiguo halo de nostalgia porque la mayoría de quienes los sintieron dentro de sí mismos como algo suyo ni siquiera están ya con nosotros.

Entonces, lo único que subsiste al volver a releerlos es aquella impronta política tan marcada. Lástima, porque en ese afán del régimen de hacerlo todo suyo, ni siquiera dejó a sus creadores la libertad para que entretuviesen a quienes buscaban diversión a cambio de un poco de dinero. Lo peor es que los lectores pagaron para que fuesen instruidos.

NOTAS

(1) Este dato y otros alusivos a la cantidad de colecciones editadas en el periodo que analiza este artículo se han recogido de la página Web de Tebeosfera.

(2) Vázquez de Parga, S.: Los cómics del franquismo, Págs. 65-66; Planeta; Barcelona, 1980.

(3) La revista BB (1920), editada por Buigas, o La Nuri (1925), fueron casi el único intento de editar algo específicamente dirigido a las niñas o adolescentes frente a la casi exclusiva oferta para el varón del resto de las revistas conocidas.

BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA

Internet

AA. VV.: https://www.tebeosfera.com

Libros y revistas

Altarriba, A: España del tebeo, La / Espasa Calpe / Barcelona, 2001

Ortega Anguiano, J.: Tebeos en España, De la dura posguerra a la Transición, Los / El Boletín / Barcelona, 1994

Vázquez de Parga, S.: Cómics del Franquismo Los /Planeta/Barcelona, 1980 

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