Fotografía de Rafa Cabrera (Cortijo del Fraile) sobre textos de «Bodas de Sangre» de Federico García Lorca
Nana, niño, nana
del caballo grande
que no quiso el agua.
El agua era negra
dentro de las ramas.
Cuando llega el puente
se detiene y canta.
¿Quién dirá, mi niño,
lo que tiene el agua,
con su larga cola
por su verde sala?

Duérmete, clavel,
que el caballo
no quiere beber.
Duérmete, rosal,
que el caballo
se pone a llorar.
Las patas heridas,
las crines heladas,
dentro de los ojos
un puñal de plata.
Bajaban al río.
¡Ay, cómo bajaban!
La sangre corría
más fuerte que el agua.
Despierte la novia
la mañana de la boda;
ruede la ronda
y en cada balcón una corona.
¡Despierte la novia!
Que despierte
con el ramo verde
del laurel florido.
¡Que despierte
por el tronco y la rama
de los laureles!
Que despierte
con el largo pelo,
camisa de nieve,
botas de charol y plata
y jazmines en la frente.
¡Ay, pastora,
que la luna asoma!
¡Ay, galán,
deja tu sombrero
por el olivar!


Giraba,
giraba la rueda
y el agua pasaba;
porque llega la boda
que se aparten las ramas
y la luna se adorne
por su blanca baranda.
¡Pon los manteles!
Cantaban,
cantaban los novios
y el agua pasaba.
Porque llega la boda
que relumbre la escarcha
y se llenen de miel
las almendras amargas.
¡Prepara el vino!
Galana.
Galana de la tierra,
mira cómo el agua pasa.
Porque llega tu boda
recógete las faldas
y bajo el ala del novio
nunca salgas de tu casa.
¡Porque el novio es un palomo
con todo el pecho de brasa
y espera el campo el rumor
de la sangre derramada.

