De una banda sonora cinematográfica al tejado del mundo.
Texto y fotos: Manu Calvo
El Azar
Adís Abeba jamás estuvo en mis planes. Llegué aquí por pura carambola. Para ser sincero, hasta poco antes de aterrizar ni siquiera sabía el nombre de la capital de Etiopía. Lo único que me vinculaba a este rincón de África era una profunda fascinación musical descubierta por puro azar en el cine: mi amor por el Ethio-jazz. Aquella atmósfera melancólica e hipnótica me obsesionó al ver la película Broken Flowers (de Jim Jarmusch, una obra que recomiendo encarecidamente), cuya banda sonora corre a cargo del maestro «Mulatu Astatke». Esa música instrumental y misteriosa era todo lo que yo asociaba a Etiopía.
Sin guías ni expectativas, confirmé una gran certeza viajera: cuando no sabes absolutamente nada de un lugar, el azar toma el control y el disfrute y la capacidad de asombro se multiplican. La ciudad se desplegó ante mí a 2.400 metros de altitud como un torbellino indomable.

La Fe antigua
UN CURIOSO CRISTIANISMO: MISTICISMO TEWAHEDO
El primer gran impacto cultural te adentra en una atmósfera litúrgica desconcertante. Es un cristianismo curiosísimo, fascinante y lejano a los cánones occidentales, cuyas raíces ortodoxas tewahedo se remontan inmunes al siglo IV.
Al amanecer, la fe detiene por completo la capital. Cientos de hombres y mujeres cubiertos de la cabeza a los pies por mantos blancos de algodón (netelas) flotan como espectros silenciosos alrededor de iglesias de planta octogonal. Unos rezan arrodillados besando el barro de las aceras; otros tocan con la frente los muros exteriores de piedra. En la penumbra interior, rodeados de incienso pesado, los sacerdotes de mirada serena custodian el templo sosteniendo cruces procesionales talladas minuciosamente a mano. Un misticismo crudo y estético que hipnotiza al extraño.




El pulso humano
EL ASFALTO Y LA SUPERVIVENCIA
Superado el impacto religioso, la vida cotidiana se desenvuelve con una dignidad magnética. La circulación urbana es una coreografía indomable donde viejos coches Lada azules de la era soviética esquivan furgonetas colectivas de la marca Toyota y burros rurales cargados con fardos de paja justo en frente de carteles de agencias de envío de dinero como Western Union.
En las aceras, el teatro costumbrista no da tregua. Mientras grupos de hombres conversan distendidamente sentados en sillas de plástico ajenos al ruido, los jóvenes limpiabotas trabajan de rodillas o en cuclillas sobre cartones improvisados para abrillantar los zapatos de cuero de los transeúntes. Una urbe hiperactiva que te atrapa por los ojos.


El gigante de África
LA PARADOJA DEL MERCATO
En el hotel donde dormía me lo habían advertido tajantemente: el Addis Mercato —el mercado al aire libre más grande de África— era el único punto verdaderamente peligroso de la ciudad. Un laberinto inmenso donde el hurto de carteras y teléfonos es frecuente y donde hay que moverse con pies de plomo y máxima alerta.
Me adentré en su brutal marea de toldos, camiones y montañas aromáticas de especias predispuesto enteramente a la defensiva. Esquivando comerciantes itinerantes y hombres con turbante que desplegaban lienzos blancos en mitad del gentío, recorrí el mercado tenso, vigilando mis bolsillos a cada paso. Salí ileso y aliviado de aquel hervidero comercial… sin sospechar que la verdadera lección de la calle me esperaba a traición en otro rincón.


El oro negro
TOMOCA: EL RITUAL DEL GRANO
Para rebajar la adrenalina del asfalto, nada como refugiarse en el olor a grano tostado. Al fin y al cabo, Etiopía es la cuna mundial del café, y «Tomoca Coffee» (fundado en 1953) es su templo indiscutible. Una parada obligada para entender la cultura urbana.
Cruzar su puerta retro es acceder a una cápsula del tiempo. Bajo su mítico letrero de madera no encontrarás comodidades modernas; el potentísimo «macchiato» se consume rápido y de pie en mesas altas. Ejecutivos, ancianos del barrio y bohemios comparten barra en un local rústico dominado por un gran mapa vintage de las regiones cafeteras del país. El olor a café es tan denso que casi se puede masticar.


Orígenes
LUCY Y LA TIERRA INDÓMITA
Etiopía exhibe con orgullo el ser uno de los poquísimos territorios africanos que jamás pudo ser colonizado por las potencias europeas. Ese carácter fiero y antiguo se respira en el Museo Nacional de la ciudad. Su fachada de hormigón coronada por mosaicos abstractos custodia el tesoro biológico más importante de nuestra especie: los restos fósiles originales de «Lucy», nuestra ancestra homínida con 3,2 millones de años de historia. Una vitrina iluminada en la penumbra que te regala un baño de humildad absoluto recordándote de dónde venimos todos.


El Adiós
LA PARADOJA DEL LEÓN: EL ABRAZO FINAL
La ironía del viaje se consumó de camino de vuelta al hotel. Relajado y con la guardia baja al pisar la avenida principal de la ciudad, lejos del peligroso Mercato, un grupo de chicos locales se me acercó sonriendo. Me rodearon y me envolvieron en un abrazo efusivo y afectuoso que interpreté como pura simpatía y hospitalidad etíope. Nos despedimos cordialmente. Unos pasos más allá, al echarme la mano al bolsillo, mi teléfono móvil había desaparecido. Me habían robado limpiamente con una sonrisa en los labios.






Esa desconcertante contradicción define a este lugar: la elegancia histórica de su realeza, el movimiento reggae y rastafari que deifica al emperador «Haile Selassie I» como el León de Judá, y las voces rebeldes de artistas como «Germa Negash» (Gebra Gelassi), conviven con la picaresca y el ingenio de la calle. Y sin embargo, contemplando el león dorado en las vitrinas y las sonrisas gigantes de los niños en los muros de piedra, el enfado desaparece. Te han quitado el teléfono, pero la ciudad te ha robado el corazón. A pesar de todo… ojalá vuelva a Adís Abeba.








